[Entrevista] Devendra Banhart desmenuza su disco “Cripple Crow” a 20 años de su lanzamiento
Devendra Banhart volverá a Chile para un místico show en el Teatro del Lago en Frutillar.
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Bajo la idea de tocar frente a un “altar natural” y dejarse llevar por el misterio, Devendra Banhart vuelve a Chile para presentarse el 7 de febrero en el Teatro del Lago de Frutillar. En conversación previa a su show en el sur, el músico habló sobre la energía única del lago Llanquihue, su último año creativo -marcado por la aceptación de la oscuridad-, y la mirada ambivalente, entre ternura y pudor, que hoy tiene sobre “Cripple Crow”, el disco que cumple 20 años y que sigue conectándolo con una comunidad artística tan caótica como entrañable.
¿Cómo describirías tu último año, artísticamente hablando?
Wow, me gusta la idea de un último año artístico. Ha sido como una oportunidad de parar de buscar el switch de la luz y empezar a aceptar que estoy en un cuarto oscuro, y empezar a bailar en un cuarto oscuro en vez de buscar ese switch de la luz. Esmuy misterioso tener un cuadro sin ningún trazo de pintura y empezar a pintar y no saber a dónde te va a llevar y de repente algo empieza a salir, a emergir lentamente. Qué misterio, qué cosa tan mágica. La verdad es que no quiero entenderlo, solamente quiero seguir bailando en ese espacio.
Tu disco “Cripple Crow” está cumpliendo 20 años. Hace unos meses salió esta versión deluxe. ¿Cómo te sientes tú en relación a ese álbum? ¿Qué importancia artística o sentimental tiene ese disco para ti?
Bueno, más que nada es como pena, porque no es un álbum muy bueno y el estilo era tan horrible, pero nosotros pensamos que era súper cool. En ese tiempo era muy difícil encontrar ropa así, tan sesentas y setentas. La mitad era de nuestro wardrobe y la otra eran cosas que robábamos de nuestras madres. Esa parte me gusta. A la vez entiendo y veo lo inocentes y lo naive que éramos, lo abiertos y curiosos que estábamos todos. Estábamos tan enamorados con diferentes culturas y tiempos. Todo era parte de nuestra paleta. Estábamos obsesionados con música de Brasil, de África, de Japón, de Latinoamérica. “Vamos a implementar todo, todo es posible”. Así se sentía. Y eso me parece muy bello. No creo haber perdido eso. Todavía me interesan todas esas cosas, pero a la misma vez me da horror oír esas canciones y no lo puedo creer. Nunca las escribiría hoy. Y es como, “Oh my God, what was I thinking? Entonces, así es. Es como, “qué divertido y bello e inocente” y “qué horror y qué pena. Wow, esto nunca, nadie lo debería oír otra vez”.
¿Por qué crees que “Santa Maria De Feira” y “Quédate Luna” se transformaron en las favoritas de las personas?
Puede ser el idioma. En esa época estaba cantando mucho más en español, después los álbumes empezaron a tener una o dos canciones en español. No tengo idea por qué gustaron tanto esas canciones. “Quédate Luna” ni siquiera la escribí en América del Sur o en Estados Unidos. Estaba en el sur de Francia, en un pueblito gitano donde está la Virgen de los Gitanos, la Virgen Negra, la Black Madonna. Y es un lugar muy famoso, con una iglesia a la que debes bajar. Es espectacular y escribí esta canción inspirado por ese lugar. “Santa María de Feira” es un pueblo en Portugal. Escribí esa canción con una letra tan larga que nunca la iba a tocar en vivo porque tengo una memoria horrible. Y como tiene mucha letra y no es tan buena, entonces nunca la toco, pero siempre me la piden.
La portada de “Cripple Crow” como tu propio “Sgt. Pepper”. ¿Quiénes son las personas que aparecen en esa portada?
A la mitad de esas personas no las conozco. Lo que pasó fue que, algo que aprendí en San Francisco, es que en ese tiempo había una filosofía implementada por grandes artistas como Alicia McCarthy, Margaret Kilgallen y Chris Johanson. Eran una generación más grande que nosotros. Y su filosofía era, "si nosotros tenemos un show de arte, todo el mundo tiene un show de arte”. Cuando Alicia McCarthy tuvo su primer show grande en Nueva York, ella tuvo una pared que se llamaba “la pared para los amigos”. Y todos los amigos de Alicia estaban invitados a poner un pedazo de arte ahí. Entonces, todos fuimos desde San Francisco. Yo tenía 17 años y puse una obra pequeña ahí en la pared. Esa filosofía me parece muy bella. Esto de compartir. Y para “Cripple Crow” la idea era, “mira, vamos a tomarnos fotos en este parque que se llama People's Park”, que es un parque muy famoso en San Francisco. En ese tiempo no había redes sociales, entonces, ni siquiera me recuerdo cómo es que pudimos comunicar que nos juntaríamos ese día y a esa hora. Le pedimos a la gente que fuera freak. Todos los amigos estaban ahí con sus vestidos y con sus plumas y su maquillaje. Todo el mundo divirtiéndose. Fue una cosa muy, muy bella, muy fácil y rápido. Yo caminando al lugar compré como unas cositas para vestirme como un crow. Después pedimos por Tumblr, o algo así, que la gente mandara sus propias fotos.
¿Esa comunidad de amigos y de compañeros artistas sigue existiendo en la actualidad?
Sí, entonces existe, sí, pero es totalmente diferente. Y claro, ese tiempo de verdad era como vivir en un pueblo y ser parte de una tribu. Pasábamos muchísimo tiempo afuera y tenía que ver mucho con lugares comunes donde nos encontrábamos. Esos lugares todavía existen hoy en día, pero todo el mundo está tan ocupado... En el teléfono es donde nos encontramos ahora, es muy triste, pero al mismo tiempo estamos ocupados todavía haciendo las mismas cosas que en esa época. Sigo tocando música con esa gente o escribiendo. Muchos han armado mini comunidades, sus familias. Es una cosa muy bella de conocer. Hace poco estuve con el baterista de “Cripple Crow” que vive en New York, y fue al show y lo pude ver. Le di el vinilo con la foto de su papá y su hija estaba ahí.
¿Es cierto que durante la pandemia decidiste quemar algunos archivos tuyos como parte de un ritual?
Sí claro. Y lo hice de una manera muy terapéutica. Fue más un ritual que uno usa como un tipo de medicina para hacer espacio. Miré en la casa y vi un espacio que estaba lleno, lleno, lleno de libros. Veinte años de libros, no sé cuántos. Cientos. Y me di cuenta que se sintieron como pesados. Eran como rocas. Y todos esos libros ya sirvieron su propósito que era convertirse en canciones y convertirse en álbumes. Y eso ya fue compartido y por otro lado mi proceso no es tan interesante. Yo creo que si una persona es un gran artista, “ok, por favor, no quemes tus cosas”. Pero si no eres un gran artista, quema todo. Y haz espacio. Y bueno, eso es lo que hice. Fue bello y dolió un poquito. Porque una parte de mi ego es como “no, esto es muy, muy precioso”. Es como una manera de morirse. El ego no quiere, pero después uno lo acepta y puede ver la belleza. Me sentí más y más liviano.
En unos días, el 7 de febrero, vuelves a Chile para tocar en el Teatro del Lago en Frutillar. ¿Qué sabes del Teatro del Lago? ¿Y qué relación tienes con Chile después de haber venido tantas veces a tocar acá?
Es un honor poder regresar y qué divertido ir a un lugar donde nunca he estado. No conozco Frutillar, pero vi el venue con ese gran punto de poder que es el lago. Se siente un poquito que estaré honorando a la naturaleza. Y eso me parece bello y muy raro. Se siente como que en este show puedo, no sé, puedo hacer lo que yo quiera. No tengo que tocar nada, puedo súper emborracharme. ¿Qué importa? Olvidarme de todas las letras. Y está bien porque atrás de todo estamos sintiendo esa energía tan especial y única de ese punto de poder que es el lago. Un altar natural, un espejo.